Hoy lo vi emocionarse y exaltarse con el tren, y me alegro.
Me alegro, y también me sorprendo.
Y cuando me sorprendo, me pregunto por qué.
Cuando me pregunto, pocas veces me respondo.
Y esta vez, cuando me respondí, pensé que los nenes hacen mucho con poco.
Es que él atesora boletos de tren que oscilan entre los $0,80 y el $1.
Los pega, los pone en una carpeta, y los transforma en álbumes.
Él sintetiza andanzas cotidianas del ferrocarril San Martín en complejos dibujos monocromáticos de birome.
Este pibe fabula historias de trenes transatlánticos que unen América Latina con el corazón de Europa. Y no se avergüenza de contarlas a los grandes.Es que para él todo es posible. Él, por suerte, no tiene miedo, ni vergüenza.
Este chico del que les hablo no puede aguantar las ganas de ir a jugar a la plaza. Una vez concretada la promesa de dicho paseo por la tarde, las horas se le hacen días. Cuando llegamos a esta “tierra prometida”, que ofrece tanto como juegos despintados, algo de tierra seca y poco de pasto quemado, su sonrisa vuela de un sopapo la más “griega” de las tragedias que uno pueda estar viviendo.
Su entusiasmo elimina toda imposibilidad biológica de trepar. Y sus ganas de correr hasta que, entre risas y gritos haya que parar para respirar un poquito, me dan ganas de subirme a la hamaca para comprobar si es cierto que al dar la vuelta 360º a uno se le da vuelta la piel.
Este muchachito del que les hablo todavía no lee, no escribe casi nada.
Para él las palabras tienen el peso que una expresión, un gesto o una acción le puedan dar. Poco entiende de precios o valores pecuniarios.
Y quizá sea por eso que, como buen nene que es, no necesita de “pompas y circunstancias” para ser feliz. Y eso en realidad no me sorprende, me da la pauta de que mi ahijado es un buen “nene”.