Siempre y cuando no nos hagamos los boludos, se puede respirar profundamente lo que no se sabe.
No pesan las mañanas. No dan miedo las noches. No negamos la fatiga, y sentimos tranquilidad
en reconocer las limitaciones de nuestra propia humanidad. Vamos para donde apunta nuestro propio caloventor. Caemos por nuestro propio peso. Saltamos impulsados por nuestras propias piernas.
Con un único destino final, el que se haga al elegir...
Si por una de esas causalidades, en esta vida llena de
oportunidades, no nos hacemos los boludos, conectamos con eso único:
nosotros mismos. Libres de la pulsión que nos mata y del mandato que nos condena, las personas (y por qué no las agrupaciones de personas) sentimos que somos algo, sólo si nos entregamos por un rato a la promesa de "la nada". Nada menos.
Y llega la completitud. Sentimos que los que más queremos y más disfrutamos
disfrutan, y quieren. Su bienestar, su plenitud, su satisfacción se comparten con
la nuestra. Aunque sean diferentes. La diferencia ya no importa. Nos hacemos amigos en la desigualdad. Nada menos.
Se vive en la sorpresa permanente de compartir la 'otredad'. Se disfruta el encuentro, la conexión con el otro. Y así como quien no quiere la cosa, humanizado y todo, siente uno gratitud para con uno mismo y los demás. Siempre y cuando no nos hagamos los boludos…